Donde empieza el camino del ermitaño
La Ermitaña Gravel nace en Miranda de Ebro de una idea sencilla: alrededor tenemos un territorio que merece descubrirse en bicicleta, y queremos compartirlo con la comunidad ciclista.
Caminos, pueblos, montes, espacios naturales, un patrimonio que muchas veces tenemos tan cerca que dejamos de verlo. El gravel nos parece una buena manera de recorrer todo esto, de unir estos lugares entre sí y de descubrirlos de otra forma.
La Ermitaña no nace para ser una marcha más.
Nace para crear comunidad, para que la afición al ciclismo siga creciendo y para acercar nuestro territorio a quienes quizá no hayan tenido antes la oportunidad de recorrerlo en bicicleta.
Es también un homenaje a nuestro entorno: nuestra forma de compartir con vosotros un territorio que ya sentimos como propio.
Un viaje en bicicleta
La Ermitaña está pensada para disfrutar del recorrido, no solo para llegar al final.
Es fácil reducir cualquier salida a una colección de números: kilómetros, desnivel, tiempo, velocidad media. Esos datos van a estar, pero no van a ser lo único que cuente.
La idea es sencilla, salir por la mañana y pasar el día entero sobre la bicicleta. Descubrir caminos nuevos, encontrarte con paisajes que no esperabas, compartir kilómetros con otros ciclistas y tener también esos tramos en los que solo estáis tú, tu bici y el camino.
Un día para desconectar de la rutina y disfrutar del ciclismo de otra manera. El viaje forma parte del reto.
Cada uno encuentra su propia Ermitaña
No todos buscamos lo mismo cuando salimos en bicicleta.
Para alguien puede ser su primer contacto con el gravel. Para otra persona, la primera vez que completa 100 kilómetros. Para alguien más, los 150, y la oportunidad de comprobar hasta dónde puede llegar.
Por eso hay tres distancias.
La corta, de unos 50 km, es una buena puerta de entrada al gravel: una forma sencilla de acercarse a este tipo de ciclismo sin plantearse un gran desafío.
La media, de unos 100 km, es un paso más, un reto mayor para quien quiere ir un poco más lejos.
La larga, de unos 150 km, tiene un carácter distinto. Muchas horas encima de la bicicleta, kilómetros que se van acumulando y momentos en los que hay que gestionar el cansancio, la cabeza y el propio camino. Una distancia que se acerca al espíritu de la larga distancia, a esa forma de entender el ciclismo en la que el recorrido pesa casi tanto como el resultado.
Ninguna de las tres distancias define, por sí sola, qué es La Ermitaña.
Cada uno encuentra su propia Ermitaña.
Puede ser iniciarse en el gravel, descubrir un territorio nuevo, superar un reto personal, disfrutar con amigos o simplemente pasar un buen día en bicicleta. El reto lo elige cada uno. El camino, también.
Venir, disfrutar y no dejar rastro
Si La Ermitaña nace para dar a conocer y compartir nuestro entorno, tiene que empezar por respetarlo.
El recorrido atraviesa caminos, pueblos, zonas agrícolas y espacios naturales que forman parte de la vida de quienes viven aquí. No queremos que el paso de la marcha deje una huella negativa en ellos.
Por eso una de nuestras ideas fundamentales es no dejar rastro: no tirar basura, respetar los caminos y las propiedades, tener en cuenta a quienes viven y trabajan en el territorio, respetar los animales, los cultivos y los espacios naturales.
Queremos recorrer muchos kilómetros dejando la menor huella posible.
Venimos a disfrutar de un territorio que queremos compartir, no a consumirlo.
Donde empieza el camino
La Ermitaña nace para juntar todo esto: bicicleta, territorio, aventura, comunidad y ganas de descubrir.
Puede ser tu primera experiencia con el gravel o un reto de 150 kilómetros. Un día para buscar tus propios límites o simplemente una excusa para pasar muchas horas en bicicleta. Puedes venir acompañado, conocer gente por el camino o disfrutar durante horas de tu propia compañía.
No hay una única manera de vivir La Ermitaña.
Cada uno encuentra su propia Ermitaña.
Nosotros ponemos el recorrido. Tú decides cómo vivirlo.

